viernes, 4 de marzo de 2011

Medio Oriente: El abrazo del diablo.


Jorge Gómez Barata

El triunfo sobre el fascismo en la II Guerra Mundial, abrió una época magnifica para una parte de la humanidad que hasta entonces había sido no sólo oprimida sino también relegada y excluida, entre otra cosas del progreso político mediante el cual muchos pueblos, unos más que otros, avanzaron hacia la democracia con participación popular.

De regreso de la barbarie, el racismo, la intolerancia y la exclusividad ideológica nazi, con las potencias coloniales debilitadas, las ansias de libertad facilitaron el proceso de descolonización en Asia, África y el Oriente Cercano.

El despegue de las fuerzas liberadoras y de los estados recién surgidos fue impresionante y magnifica la coherencia de sus vanguardias, que asumieron la unidad como un credo. A la Unión Soviética, que entonces parecía una alternativa al capitalismo, al colonialismo y al neocolonialismo, se sumó en 1949 la República Popular China.

Los líderes de los países que accedían a la independencia, en su mayoría formados en entornos próximos a las izquierdas europeas, se empeñaron en búsquedas que enriquecieron el pensamiento y la práctica política: un nacionalismo de nuevo signo, socialismo árabe y africano y la “vía no capitalista de desarrollo”, fueron algunas de ellas. El empuje afroasiático se completó con el triunfo de la Revolución Cubana, que atrajo aquel ambiente a la América Latina.

En aquel entorno nació el concepto de Tercer Mundo; la ONU que había sido fundada por 50 países europeos y latinoamericanos creció hasta sobrepasar los 100 estados; la Liga Árabe (1945) y la Organización de la Unidad Africana (1963) abrieron cauces institucionales al protagonismo internacional de los excluidos. Eventos como la Conferencia de Bandung (1955) y el nacimiento del Movimiento de Países No Alineados (1955) completaron lo que parecía ser un esquema ganador.

Los años sesenta fueron la época prodigiosa no sólo por los Beatles y Elvis Presley, fenómenos culturales que cambiaron el modo de cantar y bailar de la humanidad, sino por el debut de 50 nuevos estados y por la presencia de líderes que rompieron la monotonía de la Guerra Fría: Nasser, Sukarno, Fidel Castro, Amed Ben Bella, Tito, Kennedy, Martin Luther King, Leopold Senghor, Habib Burguiba, Sekou Toure, Félix Houphoüe-Boigny, Sirimavo Bandaranaike y también Muammar al Gaddafi, cada uno de ellos, desde posiciones y enfoques particulares, articularon una gran cruzada por la liberación nacional, la independencia, la revolución, la democracia y el socialismo.

Gaddafi que a fines de los años sesenta, inspirado en el nacionalismo, el panarabismo y el socialismo de matriz árabe impulsado por Gamal Abdel Nasser, pareció haber comprendido que en el Levante no bastaba con gobiernos mejores que los colonialistas sino que era preciso trascender los límites impuestos por el califato y el tribalismo y avanzar hacia la constitución de estados modernos y de orientación socialista, paulatinamente cedió terreno, se desmintió, incurrió en errores e hizo concesiones a las que un líder de perfil revolucionario no puede sobrevivir.

Cuando en una de sus teatrales acciones Gaddafi renunció a la idea de gobernar una república con instituciones, leyes y prácticas más o menos estándares y creó la Al-Jamahiriyya al-’Arabiyya al-Libiyya ash-Sha’biyya al-Ishtirakiyya al-’Uzma, un país con nombre impronunciable, sin parlamento, instituciones, sin provincias ni leyes, en el cual en lugar de trascender el primitivismo; el tribalismo y las oligarquías familiares fueron consagradas. Libia es hoy un país gobernado por una arcaica estructura de poder.

Debido al rechazo a las formas de la democracia tradicional, también llamada liberal y muchas veces considerada patrimonio de la burguesía, muchos vimos o creímos ver en aquel cambio, un hallazgo propio de la cultura árabe, cuando en realidad se trataba de un engendro peor que el califato y más insólito que los estados teocráticos y que ahora estalla en el caos del tribalismo y el nepotismo.

Entonces nada de eso ni otros problemas internos interesaban a occidente que quemaba petróleo libio y guardaba en sus bancos las fabulosas fortunas generadas por el crudo. Parte de aquel dinero era invertido en empresas, bancos y clubes de futbol europeos, principalmente italianos y alemanes y gastadas a cuerpo de rey por funcionarios libios, parientes de la familia gobernante y elementos de afines.

Los días cuando Berlusconi besaba la mano de Gaddafi y los empresarios y banqueros europeos hacían fila en los despachos de Trípoli para promover inversiones de Libia en Europa y ganar licitaciones en el estado norafricano han pasado; a los ojos de Europa, de Estados Unidos y del mundo Gaddafi sólo tiene defectos.

La insólita decisión del Consejo de Seguridad de “impedir viajar” al ex líder libio y las gestiones por crear una “zona de exclusión aérea” deja a Gaddafi anclado en la escena de sus errores y a merced de adversarios. Cuando parte de su pueblo le reclama y sus oportunistas compañeros de viaje lo abandonan y Europa va por su cabeza, seguramente no faltaran “espontáneos” que para lavar sus culpas y hacer meritos ante el imperio, se encargarán del trabajo sucio. De civil o con cascos azules, la OTAN llegará a Libia para hacerse cargo de la octava reserva petrolera mundial. La trampa está a punto de cerrarse.

Es cierto que los imperialistas han trabajado incansablemente durante décadas para acabar con los proyectos revolucionarios nacidos con la descolonización, también lo es, como diría Eusebio Leal que: “Les han abierto las murallas desde dentro”. La corrupción, los errores y el nepotismo han puesto fin a una etapa histórica que pudo haber catapultado al mundo árabe a las cumbres de la civilización y terminó mal.

Las maniobras del imperialismo internacional, que desde el Consejo de Seguridad de la ONU, sin oposición alguna, dejan a los pueblos a merced de la voracidad neocolonial, que aunque asuma formas y modalidades actualizadas será igualmente frustrante.

La única oportunidad para los pueblos del Medio Oriente está en la innovación: ni Ben Alí, Mubarak ni Gaddafi ni sus retoños, pero tampoco con la OTAN que ya se moviliza para dar a los pueblos del Levante el abrazo del diablo.

Cuentan que los nuevos gobernantes instalados en Cirenaica no quieren armas, consejos ni intervención extranjera. Ojalá fuera así. Allá nos vemos.

Fuente: ApiaVirtual

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